Escribo porque no sé permanecer en silencio. Porque la palabra es mi carne y mi condena, y porque a veces la única manera de no enloquecer es dejar que la locura hable por mí. No busco respuestas, solo temperatura. Soy Laura Desamparada: lo que queda cuando el alma hierve demasiado.

sábado, 29 de noviembre de 2025

La grieta que nos tragó

Hay días en que despierto

y siento que algo en mí se hizo trizas hace tiempo,

pero recién hoy se atrevió a mostrarse.

Una grieta antigua,

pequeña, silenciosa,

que anoche decidió abrirse de golpe

y soltar todo lo que venía guardando.


No sé en qué momento dejamos de ser dos,

y nos convertimos en dos mitades torcidas

tratando de encajar a la fuerza.

No sé cuándo empezó a hundirse lo que éramos,

ni cuándo mi pecho se volvió un cuarto

donde ya no cabía ni mi propio nombre.


Solo sé que hubo un instante,

un instante quieto y denso,

en el que entendí que ya no podía seguir respirando

en un aire que no era mío.


Y me dolió.

Me dolió como duele abrir una carta

que ya sabes que arruinará la mañana.

Me dolió saber que aquello que llamábamos amor

se volvió un espejo empañado,

donde ninguna de las dos podía reconocerse.


Yo también fallé, claro.

Fallé al callar.

Fallé al suavizar mi voz

para que no se levantaran viejos fantasmas.

Fallé al esconder la verdad

como si la verdad fuera demasiado frágil

para enfrentarla juntas.

Fallé al intentar proteger lo que ya estaba roto.


Pero había un cansancio que no sabía nombrar,

un cansancio que se instaló entre nosotras

como un mueble que nadie quiere mover.

Un cansancio que se alimentaba de celos antiguos,

de sospechas al borde de la lengua,

de esa desconfianza que se pega a las paredes

como humedad.


Y así, sin darnos cuenta,

el amor se volvió una casa repleta

de cosas que ninguna quería decir

y ninguna sabía cómo sostener.


No sé qué fue lo de anoche,

solo sé lo que dejó.

Una sombra sigilosa en mi pecho,

un temblor sordo en los huesos,

una certeza amarga:


algo en mí se quebró definitivamente.


Y no por lo que pasó,

sino por lo que venía pasando hace mucho,

latente, escondido, respirando bajito.


Hoy me levanté rota,

atada a mis propios pedazos,

tratando de entender en qué curva del camino

nos perdimos.

En qué palabra no dicha,

en qué perdón a medias,

en qué miedo disfrazado de cuidado.


No tengo respuestas.

Y, lo peor,

tampoco tengo salida.

Solo este eco adentro,

este ruido seco

que no promete nada,

que no alivia nada,

que no anuncia nada.


A veces se dice que las cosas rotas

dan paso a algo nuevo,

pero yo no veo nada al otro lado.

No hay puerta.

No hay luz.

No hay comienzo.

Solo una habitación oscura

donde el aire pesa más que el cuerpo,

y cada paso suena hueco

como si caminara dentro de mí misma.


No espero que esto mejore.

No espero claridad.

No espero alivio.

Hoy solo sé que algo terminó

y que yo quedé debajo,

con los brazos vacíos

y el alma hecha un montón de polvo.


No hay aprendizaje aquí.

No hay fuerza.

No hay renacimiento.


Solo el silencio de lo que ya no somos

y este cansancio frío

que me acompaña

como si fuera lo único que quedó en pie

después del derrumbe.


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