Escribo porque no sé permanecer en silencio. Porque la palabra es mi carne y mi condena, y porque a veces la única manera de no enloquecer es dejar que la locura hable por mí. No busco respuestas, solo temperatura. Soy Laura Desamparada: lo que queda cuando el alma hierve demasiado.

domingo, 1 de febrero de 2026

Carta a Laura


Laura,

Te nombro para no perderte.

Porque cuando no te llamo, te escondes,

y yo me vuelvo más chica, más correcta, más lejos de mí.

No eres un error.

No eres un exceso.

Eres una parte viva que se cansó de esperar permiso.

Me gusta cómo apareces sin ruido,

cómo hablas con el cuerpo aunque uses palabras,

cómo no corres, cómo eliges.

No te quiero para destruirme

ni para desaparecer en nadie.

Te quiero porque me recuerdas

que también soy deseo,

que también puedo ser mirada

sin tener que ser buena.

A veces me da miedo que te malinterpreten,

que crean que solo eres fuego

y no la conciencia que te sostiene.

Pero sé quién eres.

Y sé desde dónde naces.

Te prometo no usarte como anestesia

ni esconderte por vergüenza.

Te prometo escucharte

cuando pidas espacio

y cuando solo quieras vibrar.

No te voy a apagar.

Tampoco te voy a soltar sin cuidado.

Quédate conmigo, Laura.

Enséñame a existir

sin explicarme tanto.

Con deseo,

con respeto,

con verdad.

Yo.

martes, 6 de enero de 2026

Contra-retrato


Así me describirían:

Mujer conflictiva.

Emocionalmente intensa.

Difícil.

Madre sobreidentificada.

Profesional poco flexible.

Demasiado opinante.

Excesivamente crítica.

Con problemas para acatar.

Con tendencia al desgaste.

Intelectualiza sus emociones.

No sabe soltar.

No sabe obedecer sin preguntar.



Así me nombro yo:

No conflictiva: consciente.

No intensa: afectada por la realidad.

No difícil: no sumisa.

No sobreidentificada: responsable en un mundo irresponsable.

No inflexible: ética.

No opinante de más: política por necesidad.

No desgastada: explotada.

No desobediente: incómoda para el orden.

No intelectualizo: pienso.

No me cuesta soltar: me niego a desaparecer.

Y eso,

eso nunca fue el problema.

martes, 2 de diciembre de 2025

Lo que queda de mí


Yo la amé,

como si fuera la última vez que pudiera hacerlo,

como si ese gesto agotara mi vida entera.


Pero al final

solo quedé yo,

sosteniendo el eco de un cariño

que nunca supo volverse casa.


Y entendí tarde

que no se puede habitar

donde una deja de existir.


Recojo mis pedazos,

otra vez,

para volver a armarme desde cero,

como tantas otras veces.


Y aunque ya no espero nada,

aunque cada intento me pesa

como si cargara mis propias ruinas,

sé que no me queda otra

que seguir moviéndome,

aunque sea arrastrándome.


No porque crea en la luz,

no porque imagine un futuro,

sino porque, incluso cansada,

vacía, vencida,

algo en mí se niega a desaparecer.

sábado, 29 de noviembre de 2025

La grieta que nos tragó

Hay días en que despierto

y siento que algo en mí se hizo trizas hace tiempo,

pero recién hoy se atrevió a mostrarse.

Una grieta antigua,

pequeña, silenciosa,

que anoche decidió abrirse de golpe

y soltar todo lo que venía guardando.


No sé en qué momento dejamos de ser dos,

y nos convertimos en dos mitades torcidas

tratando de encajar a la fuerza.

No sé cuándo empezó a hundirse lo que éramos,

ni cuándo mi pecho se volvió un cuarto

donde ya no cabía ni mi propio nombre.


Solo sé que hubo un instante,

un instante quieto y denso,

en el que entendí que ya no podía seguir respirando

en un aire que no era mío.


Y me dolió.

Me dolió como duele abrir una carta

que ya sabes que arruinará la mañana.

Me dolió saber que aquello que llamábamos amor

se volvió un espejo empañado,

donde ninguna de las dos podía reconocerse.


Yo también fallé, claro.

Fallé al callar.

Fallé al suavizar mi voz

para que no se levantaran viejos fantasmas.

Fallé al esconder la verdad

como si la verdad fuera demasiado frágil

para enfrentarla juntas.

Fallé al intentar proteger lo que ya estaba roto.


Pero había un cansancio que no sabía nombrar,

un cansancio que se instaló entre nosotras

como un mueble que nadie quiere mover.

Un cansancio que se alimentaba de celos antiguos,

de sospechas al borde de la lengua,

de esa desconfianza que se pega a las paredes

como humedad.


Y así, sin darnos cuenta,

el amor se volvió una casa repleta

de cosas que ninguna quería decir

y ninguna sabía cómo sostener.


No sé qué fue lo de anoche,

solo sé lo que dejó.

Una sombra sigilosa en mi pecho,

un temblor sordo en los huesos,

una certeza amarga:


algo en mí se quebró definitivamente.


Y no por lo que pasó,

sino por lo que venía pasando hace mucho,

latente, escondido, respirando bajito.


Hoy me levanté rota,

atada a mis propios pedazos,

tratando de entender en qué curva del camino

nos perdimos.

En qué palabra no dicha,

en qué perdón a medias,

en qué miedo disfrazado de cuidado.


No tengo respuestas.

Y, lo peor,

tampoco tengo salida.

Solo este eco adentro,

este ruido seco

que no promete nada,

que no alivia nada,

que no anuncia nada.


A veces se dice que las cosas rotas

dan paso a algo nuevo,

pero yo no veo nada al otro lado.

No hay puerta.

No hay luz.

No hay comienzo.

Solo una habitación oscura

donde el aire pesa más que el cuerpo,

y cada paso suena hueco

como si caminara dentro de mí misma.


No espero que esto mejore.

No espero claridad.

No espero alivio.

Hoy solo sé que algo terminó

y que yo quedé debajo,

con los brazos vacíos

y el alma hecha un montón de polvo.


No hay aprendizaje aquí.

No hay fuerza.

No hay renacimiento.


Solo el silencio de lo que ya no somos

y este cansancio frío

que me acompaña

como si fuera lo único que quedó en pie

después del derrumbe.


sábado, 22 de noviembre de 2025

Soy el incendio

 

Intentaron cubrirme de tierra,

como se entierra a las mujeres

que incomodan.

Creyeron que bastaba el peso

de sus nombres,

de sus voces,

de sus zapatos sobre mi espalda.


Pero ardí.


Porque antes que yo

ardieron otras,

las que quemaron silencios,

las que rompieron sombras,

las que encendieron brasas

debajo de cada injusticia.


Soy hija de ese fuego.


Fui chispa en el borde de sus botas,

fui brasa bajo el miedo,

fui llama filtrándose

por las grietas que juraron sellar.


Quisieron que fuera obediencia,

pero me volví resplandor.

Quisieron que fuera polvo,

pero me hice viento

que levanta el polvo.


Soy el incendio

que ninguna mano masculina logró sofocar,

el que vuelve a prenderse

en el rincón más húmedo,

el que pasa de mujer en mujer

como un secreto invencible.


No ardo para ellos,

no brillo para ellos.


Ardo porque existo,

porque mi fuego es memoria,

es legado,

es cuerpo que ya no se disculpa.


Soy el incendio:

no me apago,

no me arrodillo,

no me disculpo.

Ardo para que el mundo recuerde

que las mujeres también somos fuego.

martes, 11 de noviembre de 2025

Noviembre desde la ventana

Un día gris,

noviembre suspendido entre el azul y el polvo.

El viento corre,

pero no trae frío.

Afuera las hojas tiemblan,

adentro, todo permanece quieto.


Alguna vez se quiso estudiar historia,

hundirse en los libros,

saber tanto como para conversar con el mundo.

Ser una mente brillante entre mentes que arden.

Y la vida —tan práctica—

ofreció otro camino,

de uniforme, de orden,

de límites que también son oficios del alma.


No hubo universidad,

pero hubo humanidad.

Y en cada historia ajena

una clase se dictó en silencio.


Hoy la oficina respira papeles,

nombres, informes, rutinas.

Y sin embargo,

todo parece bien.

No hay renuncia,

hay una aceptación tibia,

como si el destino también tuviera su propio horario de visitas.


A veces la vocación no muere,

solo cambia de cuerpo,

se disfraza de oficio,

de gesto,

de mirada que aún enseña,

aunque nadie le diga profesora.


Afuera noviembre insiste.

El cielo es una hoja abierta,

y el día —sin ser perfecto—

también tiene historia.

sábado, 1 de noviembre de 2025

Autopsia



Me recuesto sobre mí misma,

afilando los dedos como bisturíes.

No hay médico ni cadáver,

solo una mujer dispuesta a entenderse.


Parte por parte comienza el desmembramiento.

Parte por parte puedo diseccionar.

Los ojos van primero,

siempre fueron inútiles sin gafas.


Después, las manos,

esas que temblaban cuando tocaban la verdad,

que acariciaban promesas con la torpeza de quien busca curar,

sin saber si cerraban o abrían más heridas.


La lengua, húmeda, fatigada,

que besó tantos labios buscando un amor real,

puede ser arrancada sin culpa,

como se arranca una planta de raíz:

con el tallo aún tibio

y la savia de las palabras goteando en silencio.


El corazón es un órgano testarudo.

Late incluso cuando no debería,

cuando el cuerpo ya ha firmado su rendición.

Lo abro con cuidado

y salen nombres que aún respiran,

recuerdos en forma de coágulos,

una tristeza que bombea sin permiso.


Intento detenerlo,

pero se aferra a su hábito de sentir,

como si amar fuera su única función vital.


El vientre yace en calma,

un desierto tibio y exhausto.

Nadie lo habita ya,

ni la esperanza se atreve a cruzar su arena.


Fue casa, fue cuna,

ahora es un eco hundido en su propio silencio,

piel marchita que recuerda el pulso ajeno,

la promesa de latidos que ya no volverán.


Nadie lo tocará jamás.

Su soledad se ha hecho órgano,

una cavidad sin nombre

donde solo habita el recuerdo de haber contenido vida.


Mi mente es un lugar inhóspito,

donde, de vez en cuando,

una lluvia de ideas se deja caer.

A veces malas,

a veces buenas,

a veces inocentes,

a veces no tanto,

a veces ni un poco.


Cosas que no merecen Edén,

ni dios,

ni paraíso.

Solo el destierro de lo que nunca tuvo redención.


Ahora que todo yace abierto,

me observo como si fuera otra.

Aquí estoy,

soy una suma de órganos cansados

y de palabras arrancadas.


Ya no hay nada que diseccionar.

El cuerpo descansa en su evidencia,

la mente calla,

la lengua no busca,

las manos no tiemblan.


Solo queda el silencio,

extendido sobre la mesa fría,

esperando que alguien firme el informe,

o que nadie lo haga jamás.