Es cierto que San Antonio no es Valparaíso.
No tiene sus cerros desordenados
ni esa vanidad bohemia
que se toma fotos a sí misma.
Es cierto que no huele muy agradable.
Que la gente no siempre es “linda”
en el sentido turístico de la palabra.
Aquí no hay maquillaje permanente.
Pero tiene algo.
Un pulso.
Un encanto terco
que me hace volver
una y otra vez
y que, contra toda lógica,
me fascina.
Los botecitos de colores
dormidos en el agua.
Las barcazas lentas.
Los enormes barcos
cargados de contenedores
apilados
como bloques de infancia industrial.
Las cargas y descargas.
Ese ruido metálico
que parece el corazón del puerto
latiendo.
Las gaviotas.
Los pelícanos
como si fueran parte del muelle.
Los lobos marinos
dueños de las rocas.
El comercio apurado.
El mismo hombre
que pinta retratos
desde que tengo memoria,
como si el tiempo
no lo tocara.
Recuerdo San Antonio
desde los cinco años.
Una imagen vívida:
todo gris,
todo café,
una ciudad sin brillo aparente.
No tenía los colores de ahora.
No tenía esta luz
que hoy la vuelve
merecedora de una portada hermosa.
Y sin embargo,
ya entonces
algo me estaba llamando.
Me inspira.
No por nada lo llaman
el litoral de los poetas.
Son las nueve de la noche
y estoy sentada aquí.
Miro el tenue final de la puesta de sol
que se entreteje
en naranjo, rosa y celeste,
dibujando el más lindo cuadro.
El más lindo cuadro.
El cielo parece pintado
con dedos cansados,
como si el día
se negara a irse del todo.
El mar recoge los restos de luz
y los guarda en silencio,
como un secreto.
Y yo
simplemente
miro.