Escribo porque no sé permanecer en silencio. Porque la palabra es mi carne y mi condena, y porque a veces la única manera de no enloquecer es dejar que la locura hable por mí. No busco respuestas, solo temperatura. Soy Laura Desamparada: lo que queda cuando el alma hierve demasiado.

viernes, 6 de marzo de 2026

San Antonio no es Valparaíso


Es cierto que San Antonio no es Valparaíso.

No tiene sus cerros desordenados

ni esa vanidad bohemia

que se toma fotos a sí misma.


Es cierto que no huele muy agradable.

Que la gente no siempre es “linda”

en el sentido turístico de la palabra.

Aquí no hay maquillaje permanente.


Pero tiene algo.

Un pulso.

Un encanto terco

que me hace volver

una y otra vez

y que, contra toda lógica,

me fascina.


Los botecitos de colores

dormidos en el agua.

Las barcazas lentas.

Los enormes barcos

cargados de contenedores

apilados

como bloques de infancia industrial.


Las cargas y descargas.

Ese ruido metálico

que parece el corazón del puerto

latiendo.


Las gaviotas.

Los pelícanos

como si fueran parte del muelle.

Los lobos marinos

dueños de las rocas.


El comercio apurado.

El mismo hombre

que pinta retratos

desde que tengo memoria,

como si el tiempo

no lo tocara.


Recuerdo San Antonio

desde los cinco años.

Una imagen vívida:

todo gris,

todo café,

una ciudad sin brillo aparente.


No tenía los colores de ahora.

No tenía esta luz

que hoy la vuelve

merecedora de una portada hermosa.

Y sin embargo,

ya entonces

algo me estaba llamando.

Me inspira.

No por nada lo llaman

el litoral de los poetas.

Son las nueve de la noche

y estoy sentada aquí.

Miro el tenue final de la puesta de sol

que se entreteje

en naranjo, rosa y celeste,

dibujando el más lindo cuadro.

El más lindo cuadro.

El cielo parece pintado

con dedos cansados,

como si el día

se negara a irse del todo.

El mar recoge los restos de luz

y los guarda en silencio,

como un secreto.

Y yo

simplemente

miro.