Yo la amé,
como si fuera la última vez que pudiera hacerlo,
como si ese gesto agotara mi vida entera.
Pero al final
solo quedé yo,
sosteniendo el eco de un cariño
que nunca supo volverse casa.
Y entendí tarde
que no se puede habitar
donde una deja de existir.
Recojo mis pedazos,
otra vez,
para volver a armarme desde cero,
como tantas otras veces.
Y aunque ya no espero nada,
aunque cada intento me pesa
como si cargara mis propias ruinas,
sé que no me queda otra
que seguir moviéndome,
aunque sea arrastrándome.
No porque crea en la luz,
no porque imagine un futuro,
sino porque, incluso cansada,
vacía, vencida,
algo en mí se niega a desaparecer.